1. Introducción
La leptospirosis es reconocida como una de las enfermedades zoonóticas transmitidas
por el agua con mayor distribución mundial, constituye un desafío persistente y
significativo para la salud pública, especialmente en contextos geográficos definidos por
actividades rurales y agrícolas. Esta patología, causada por espiroquetas patógenas del
género Leptospira spp., se caracteriza por su amplia gama de hospedadores mamíferos,
incluidos roedores, ganado y animales domésticos. La transmisión ocurre por el
contacto de la piel o mucosas con orina de animales infectados o con fuentes hídricas y
suelos contaminados, siendo las regiones tropicales y subtropicales, caracterizadas por
elevadas precipitaciones, en escenarios altamente propicios para su persistencia y
propagación (Karpagam KB, Ganesh B, 2020).
De conformidad con la clasificación formal de la Organización Mundial de la Salud
(OMS), la leptospirosis se reconoce como una enfermedad reemergente con potencial
epidémico. En este sentido, la OMS hace especial hincapié en la necesidad de realizar
un diagnóstico diferencial para leptospirosis en los pacientes que presentan síndrome
febril agudo, caracterizado por la presencia de mialgias intensas, ictericia y compromiso
renal o pulmonar, especialmente si hay anterioridad con exposición ocupacional o con
hábitos donde hay contacto con receptores del agente biológico patógeno indicado
(Organización Mundial de la Salud (OMS), 2022).
En consecuencia, la complejidad etiológica es importante, sobre todo teniendo en
cuenta más de 300 serovariedades de Leptospira que aparecen de forma natural en el
medio, lo que en bastante tiene que ver con las posibles estrategias de naturaleza
epidemiológica. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) estima anualmente
10.702 casos de leptospirosis en la región de las Américas, de los cuales el 7,2%
corresponde a Ecuador, que ocupa la cuarta posición en prevalencia, precedida por
Brasil, Perú y Colombia (Balboni, A., Mazzotta, E., Boniotti, M. B. et al, 2022).
A nivel mundial, la leptospirosis continúa siendo una causa relevante de morbilidad,
especialmente en zonas rurales y agrícolas donde la dinámica entre el ser humano, los
animales y el ambiente favorece su transmisión. La literatura reciente estima que se
registran más de 500 000 casos humanos cada año, aunque la cifra real podría ser
considerablemente mayor debido al subdiagnóstico y a la similitud clínica con otras
enfermedades febriles, lo que complica su identificación oportuna. Su distribución
geográfica es heterogénea y está profundamente influenciada por factores climáticos y
socioeconómicos, convierte a esta zoonosis en un verdadero paradigma del enfoque de
One Health, al requerir estrategias integradas de vigilancia, prevención y control
(Galdino GS y col., 2023).
En el ámbito continental, América Latina exhibe una de las mayores cargas de
leptospirosis entre las regiones extratropicales, con prevalencias elevadas
particularmente en áreas rurales dominadas por actividades agrícolas y ganaderas
(Marteli AN y col, 2025). La evidencia científica regional ha documentado una amplia
diversidad de serovares y factores de riesgo transmisores, enfatizando la estrecha
limitación entre las condiciones ambientales y ocupacionales tales como el laboreo en
campos agrícolas, la ganadería extensiva y el manejo de aguas contaminadas. Estas
condiciones, propias de las interfaces de trabajo agrícola, exponen de manera
recurrente a los trabajadores rurales a ambientes contaminados por Leptospira spp., lo