perspectiva de Bourdieu (2000), Higuchi ejercía un poder simbólico basado en la
legitimidad y reconocimiento social, a pesar de carecer de autoridad formal. Barbero
(1991) y García Canclini (2013) permiten interpretar que los medios no solo transmitían
información sobre ella, sino que producían significados culturales que configuraban la
percepción de su rol público. Van Dijk (1990) aporta la noción de que el lenguaje
mediático construye relaciones de poder, lo que se evidencia en la cobertura que
resaltaba su liderazgo indirecto y capacidad de movilización social.
Sin embargo, la representación de Higuchi cambió drásticamente tras su enfrentamiento
con Alberto Fujimori y la denuncia de actos de corrupción. Los artículos de El Comercio
y La República la presentaron como víctima de hostigamiento y control político,
enfatizando su destitución del cargo de primera dama y los calificativos negativos de su
esposo, como “inestable e influenciable”. Desde la perspectiva de Foucault (1979,
2002), esto muestra cómo el poder no se ejerce únicamente de manera explícita, sino
mediante discursos y normas que regulan la percepción social de la autoridad,
construyendo a Higuchi como vulnerable y dependiente, reforzando estereotipos de
género que limitan la autonomía femenina en la política.
Por su parte, Nadine Heredia ingresó al rol de primera dama con experiencia política
previa, consolidándose rápidamente como líder del Partido Nacionalista y figura
influyente en la toma de decisiones (El Comercio, “Que nadie toque a la reina”, 2012; El
Peruano, 2013). Su cobertura mediática la presenta como una figura activa, con poder
político real, pero también objeto de escrutinio y controversias financieras, como los
gastos personales investigados por la Fiscalía (“Vestida para mandar”, El Comercio,
2013). Esta construcción combina reconocimiento político con cuestionamientos sobre
transparencia y ética, ilustrando cómo Bourdieu (1988, citado en Blanco, 2012) entiende
el campo político como un espacio de lucha por el capital simbólico y el poder, donde
las primeras damas deben legitimar su influencia frente a actores establecidos.
Asimismo, Heredia se muestra como defensora de la inclusión social y de la igualdad
de género, respaldando programas de apoyo a comedores populares y madres
vulnerables (El Peruano, 2012). Esto refuerza la noción de que los medios también
construyen representaciones sociales a través de mediaciones culturales (Barbero,
1991) y contribuye a la formación de imaginarios sociales sobre el rol activo de las
mujeres en la política, como señala García Canclini (2013). La cobertura mediática
equilibra su empoderamiento político con cuestionamientos sobre su integridad
financiera, mostrando cómo la opinión pública y los discursos mediáticos interactúan
para modelar percepciones de poder, legitimidad y género.
En conjunto, el contraste entre Higuchi y Heredia evidencia dos modalidades de
representación mediática: Higuchi, cuya influencia simbólica y política se ve limitada y
cuestionada en contextos de conflicto con el poder; y Heredia, que combina liderazgo
político efectivo con vulnerabilidad ante escrutinios públicos y mediáticos. La
perspectiva de Foucault permite entender cómo los discursos mediáticos participan en
la regulación de conductas y en la construcción de autoridad, mientras que Bourdieu
aporta la clave para analizar cómo se distribuye y legitima el poder simbólico dentro del
campo político. Barbero y García Canclini subrayan que los medios actúan como
mediaciones culturales que producen significados, y Van Dijk evidencia cómo el discurso
moldea la percepción de autoridad y estereotipos de género.