expresa temor, sino también una pérdida de confianza en la capacidad del Estado para
garantizar el orden. Este debilitamiento tiene efectos concretos, como la reducción de la
denuncia ciudadana y la normalización de la violencia. En cuarto lugar, la internalización
emocional del riesgo, evidenciada en la modificación de rutinas cotidianas (68%), que
muestra cómo la violencia carcelaria trasciende el espacio físico del encierro para
instalarse en la vida urbana, afectando el uso del espacio público y la calidad de vida.
Al contrastar estos hallazgos con la literatura previa, se observa que coinciden con
estudios desarrollados en América Latina que han documentado la relación entre crisis
penitenciaria y expansión del crimen organizado, como en Brasil (Dias y Salla, 2013),
Colombia (Iturralde, 2018) y México (Bergman y Azaola, 2007). Sin embargo, el caso
ecuatoriano presenta características distintivas que enriquecen el análisis comparado.
En primer lugar, destaca la velocidad del deterioro institucional, evidenciada en el
incremento del 412.61% en los homicidios entre 2020 y 2024 (OECO, 2025), lo que
sugiere la convergencia de factores estructurales con elementos coyunturales como
disputas por rutas de narcotráfico y debilitamiento institucional posterior a la pandemia.
En segundo lugar, se identifica un nivel excepcional de violencia letal intracarcelaria,
que supera proporcionalmente a otros contextos regionales, evidenciando una
intensificación de las dinámicas de conflicto dentro de los centros penitenciarios. En
tercer lugar, la proyección inmediata hacia la seguridad urbana, manifestada en la
correlación temporal entre eventos de violencia carcelaria y picos de criminalidad,
sugiere un alto grado de articulación entre estructuras criminales internas y externas. A
esto se suma la militarización del sistema penitenciario como respuesta estatal, que,
aunque ha contribuido a reducir ciertos niveles de violencia, ha generado tensiones en
materia de derechos humanos y ha debilitado los procesos de rehabilitación, dificultando
una evaluación integral de su eficacia.
Finalmente, la incorporación del enfoque neurocriminológico (Raine, 2013; Núñez, 2023;
Ruiz Guarneros, 2020) aporta una dimensión innovadora al análisis, al reconocer que la
violencia carcelaria no puede explicarse únicamente desde variables estructurales o
institucionales, sino también desde procesos neurobiológicos asociados al estrés
crónico y la exposición prolongada a entornos altamente violentos. En este sentido, las
propuestas orientadas a implementar programas de regulación emocional y
fortalecimiento de funciones ejecutivas evidencian la necesidad de intervenciones que
operen en múltiples niveles. Así, se plantea un abordaje integral que articule el nivel
estructural (reducción del hacinamiento y mejora de infraestructura), el nivel institucional
(profesionalización del personal y combate a la corrupción) y el nivel individual
(intervenciones neuropsicológicas basadas en evidencia). Pilco-Peñaherrera et al.
(2026) señalan que la ausencia histórica de este último componente en las políticas
penitenciarias ecuatorianas permite comprender, al menos parcialmente, la persistencia
de la violencia incluso en escenarios donde se han realizado mejoras materiales, lo que
refuerza la necesidad de repensar el sistema penitenciario desde una perspectiva
interdisciplinaria y orientada a la rehabilitación efectiva.
5. Conclusiones
En síntesis, el presente estudio demuestra que la crisis del CPL Guayas N.º 1 no puede
entenderse como un fenómeno aislado ni exclusivamente institucional, sino como un