1. Introducción
La producción de banano (Musa spp.) en Ecuador representa un pilar insustituible para la
economía agrícola nacional, evidenciándose por la magnitud de su cobertura productiva y
aporte socioeconómico. En el primer semestre de 2025, el país exportó alrededor de
199,75 millones de cajas de banano de 18,14 kg, lo que marcó un crecimiento del 5,82%
respecto al mismo periodo del año anterior, alcanzando ingresos superiores a USD 1.528
millones entre enero y abril sólo en comercio exterior directo (El Universo, 2025; Primicias,
2025). Actualmente, Ecuador dispone de aproximadamente 190.381 hectáreas dedicadas
al cultivo de banano, con una participación del 2,8% en el Producto Interno Bruto y del 36%
en el PIB agropecuario según datos sectoriales recientes (ACORBANEC, 2025; BCE,
2025). La fruta se consolida como el segundo rubro de exportaciones no petroleras
tradicionales, generando competitividad por su calidad, acceso logístico a más de 70
mercados y capacidad para sortear variabilidad climática y fitosanitaria, lo que posiciona a
Ecuador como el primer exportador mundial de banano, contribuyendo al bienestar de miles
de familias rurales y al fortalecimiento del tejido agrícola nacional (Portal Frutícola, 2025;
ACORBANEC, 2025). Sin embargo, la productividad enfrenta limitantes comparativas
respecto a otros países latinoamericanos, atribuidas principalmente a la presión de
enfermedades en campo, que subraya la relevancia de la innovación y el manejo
fitosanitario efectivo en el sector.
Entre los principales problemas fitosanitarios que afectan al cultivo de banano, se
encuentran el moko, ocasionado por Ralstonia solanacearum, la sigatoka amarilla, causada
por Pseudocercospora musae, y la sigatoka negra, atribuida a Pseudocercospora fijiensis
(fase anamórfica) o Mycosphaerella fijiensis (fase teleomórfica) (Zheng et al., 2018). La
sigatoka negra, reportada en Ecuador desde 1987, constituye la enfermedad foliar más
agresiva y de mayor impacto económico sobre este cultivo, ya que reduce drásticamente
el área fotosintéticamente activa de la planta, generando necrosis foliar progresiva,
disminución del peso de la fruta y, en consecuencia, cuantiosas pérdidas de exportación
(Carreón-Anguiano et al., 2023). Para mantener la sanidad del follaje, los productores se
ven obligados a realizar numerosas aplicaciones de fungicidas a lo largo del ciclo
productivo, lo que incrementa los costos de producción y aumenta la presión de selección
sobre el patógeno.
Ente los principales fungicidas utilizados para el manejo químico de M. fijiensis han sido
triazoles, por ejemplo, propiconazol, tebuconazol y difenoconazol, y estrobilurinas como
azoxistrobina (Marín et al., 2007). No obstante, su uso reiterado ha provocado la reducción
gradual de su eficacia, resultado del desarrollo de resistencia en el patógeno (Chin et al.,
2007). Es por ello que el “Comité de Acción contra la Resistencia a Fungicidas” (FRAC,
2024) ha recomendado implementar prácticas de rotación y mezcla de ingredientes activos
con diferentes modos de acción, con el propósito de disminuir la presión selectiva y
prolongar la vida útil de las moléculas.
La resistencia desarrollada por M. fijiensis hacia los ingredientes activos probados
difenoconazol (triazol) y azoxistrobina (estrobilurina) responde a múltiples mecanismos
moleculares. Para los triazoles, se han puesto de manifiesto alteraciones puntuales en el
gen que codifica la 14α-desmetilasa (CYP51), de forma que el fungicida tiene menor
afinidad por su sitio de acción. También se ha documentado sobreexpresión de bombas de
flujo, lo que favorece que los fármacos no acumulen características intradrogas (Cao et al.,
2020). Para las estrobilurinas, la resistencia se debe fundamentalmente a la mutación
G143A en el citocromo b, lo que causa que la molécula no se una adecuadamente al